Ignoro si han decidido sembrar el terror para la noche de Todos los Santos, o si los comerciales, cual extraterrestres de la película Invasión, están entre nosotros camuflados, prestos a atacar cuando menos te lo esperas, o simplemente si el lavado de cerebro es ya tan grande que hay gente que tiene un concepto muy particular de lo que significa ser amable.
El caso es que ayer estaba en la cola del Caprabo tras hacer una compra de urgencia y acababa de poner en la cinta, entre otras cosas, una tableta de chocolate, cuando la señora que iba justo delante de mí, mientras sacaba el monedero, de repente se giró hacia mí, apuntó de forma bastante agresiva mi tableta de chocolate (diría que más que apuntarla posó el dedo sobre ella) y me soltó a bocajarro:
-¿Sabes que si compras otra la segunda te sale a mitad de precio?Espeluznante. La cara que puse no fue de extrañeza, sorpresa ni incomodidad. Fue de puro susto. Abrí la boca varias veces para responder, intenté respirar, intenté pensar, y tras unos segundos eternos de pez fuera del agua balbuceé una torpe respuesta.
-Eh... no... con una me basta- mientras, por fin, unos cuantos centenares de otras posibles respuestas menos cordiales me venían a la cabeza: "¿Sabes que ya es bastante patético comerme una tableta de chocolate entera yo solita? ¿Sabes que mi hígado no tiene la culpa? ¿Sabes que NO tengo tarjeta cliente? ¿Sabes que mi casa no es un almacén?" o simplemente "No gracias, no follo tan poco".
Toadavía en estado de shock, recogí mi compra, la metí en una bolsa y me marché de allí.
Más allá de la simple anécdota y de las connotaciones de la tableta de chocolate, la cosa me parece preocupante. ¿La señora sería una comercial con deformación profesional? La firmeza y el tono de voz con que me soltó la frase me recordaban mucho al de esas teleoperadoras metralleta que te llaman de vez en cuando para que te cambies de compañía o compres un colchón de látex.
Sin embargo, me inclino más por pensar que esa conducta es el triste resultado de la sociedad de consumo en que vivimos. La señora estaba realmente convencida que me hacía un favor advirtiéndome que podía comprar más chocolate. Que yo no necesitara más chocolate era irrelevante. Mi respuesta, que en principio me pareció tan torpe, era tal vez la más adecuada, y quizá también la más incomprensible para ella. Lo grave no es sólo que un comercial pueda obtener nuestro número de teléfono privado para llamarnos a la hora de la siesta e intentar vendernos una tarjeta de crédito. Lo grave es que lo encontremos normal. Lo grave es que "gracias, no me hace falta " no sea la respuesta lógica que siga siempre a un ofrecimiento de algo que no necesitamos y que nunca, nunca es un regalo. Y que no nos demos cuenta de que aceptando no hacemos sino alimentar un sistema monstruoso que consigue, entre otras cosas, que las personas que deberían estar atendiendo llamadas de clientes que sí quieren contactar con la empresa, estén emitiendo llamadas que la gran mayoría de potenciales clientes no desea, y que ninguno de ellos necesita. Cualquiera que haya trabajado de teleoperador sabe que hay una gran diferencia entre emitir llamadas y recibirlas. La existencia del trabajo de comercial es una de las cosas más aberrantes que puede producir el capitalismo dentro del primer mundo: para el cliente, en el mejor de los casos, es un engorro; para el trabajador, una de las peores experiencias laborales posibles.
Y lo más grave de todo es que, pese a tener unas condiciones de vida infinitamente superiores a las de la mayor parte del planeta, sigamos sin admirarnos ni apreciar como un lujo insólito el hecho cotidiano (y la calidad de cotidiano de este hecho) de abrir un grifo y que salga agua. Pero en fin, todo esto está mucho mejor explicado en el blog de mi querido amigo Joan...