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La Coctelera

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Categoría: Viajes

5 Marzo 2007

¿Acento o puntos suspensivos?

Conste que no quería hacer bromitas tontas a costa del nombre del pueblo de Gavino Ledda. Y que la foto al cartel (en la cual, la de verdad, entera, salgo yo) la hice por pura devoción. Y que el pueblo me sorprendió gratamente de puro bonito. Recordaba, de la película, un paisaje árido, seco, amarillento, pero me he encontrado una especia de Irlanda mediterránea con olor a humedad, a hierba fresca, a mar, higueras y leña.
Y además, ¡he aprendido a enfocar!

Faroole, farole farooolee...

Una graciosa, venga...

...y fin.

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16 Abril 2006

Túnez

Hace tiempo que quería hablar de esto. Desde hace unos días, con más intensidad, porque hace justo un año de mi viaje. Ahora, un post de CcJ me ha inspirado.
Cuando viajé a Túnez acababa de dejar el trabajo que tenía en cierto parque de atracciones de Francia. Habían sido 20 meses de trabajo monótono, de vida monótona, de consignas de seguridad llevadas al ridículo, de casitas todas iguales en Marne-la-Vallée, de prados verdes también todos iguales, de paisajes sin alma, de total ausencia de emociones salvo ciertos chispazos memorables que relataré en otra ocasión. De venir a la feria de mi ciudad y emocionarme y regocijarme al ver que todo estaba sucio y que la gente se subía borracha a la noria de 30 metros. Harta de guardar las manos y los pies dentro del vehículo y de que todo tuviera que estar perfectamente higénico, impoluto y esterilizado.
Nada más bajar del avión y salir del aeropuerto me asaltaron los primeros olores. No recuerdo si era jazmín, azahar o esencia de rosas. Al bajar del autobús y enfilar la avenida Habib Bourguiba tuve uno de esos momentos de embriaguez y felicidad completa, de saber que estás donde quieres estar. Era una avenida amplia, limpia, luminosa, franqueada a ambos lados por sendas hileras de naranjos que lo perfumaban todo de azahar. Después entré en la medina buscando el hotel, y el laberinto de callejuelas estrechas, tenderetes caóticos y restos orgánicos e inorgánicos del suelo estaban perfumados de incienso. Sí, las calles estaban sucias, y el hotel era cutrísimo, pero olía tan bien a esencia de rosas, y estaba decorado con unos azulejos tan bonitos, y las paredes tan blancas, que no puede decirse sino que era perfecto. Pude comprobar que la comida de cualquier tenderete, además de muy barata, era sabrosa y abundante, y una mañana desayuné un zumo de naranja que me sacudió como un terremoto. Porque que el zumo natural no tiene nada que ver con el de bote lo sabemos todos. Pero es que aquel zumo era al zumo exprimido que yo recordaba lo que el zumo exprimido al Zumosol. Eran unas naranjas pequeñajas, feúchas, que daban un zumo rojo dulcísimo. Aquel zumo fue como una bofetada que me devolvió al mundo de la infancia, de los sentidos, de los sabores. Se acabaron los brazos y las piernas dentro del vehículo, los sobrecitos y envoltorios individuales, los malditos controles de higiene y la fruta modificada genéticamente para que sea más bonita y más sosa. Allí todo era auténtico, guarro y sabroso. Como cuando éramos niños a los que no les importaba ensuciarse jugando con tierra y comiendo con las manos. Como cuando comía frambuesas a puñados en los Pirineos, como cuando se me quedaban las manos pegajosas del azúcar de las uvas durante la vendimia, como cuando hacíamos tajadas de tocino en viejas parrillas que se no se desinfectaban con detergente, ni con kh7, sino al fuego. Volver a la infancia, cuando las cosas tenían aún sabor y olor.

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