Libros de la infancia I: Konrad
Hace tiempo que quería escribir un post, o más bien inaugurar una categoría, sobre los libros que leí de pequeña que me gustaron o marcaron especialmente. Contando con la ayuda de Maërandor para refrescarme la memoria y con la colaboración de todo aquel que quiera aportar algo.
Lo iba dejando siempre para más tarde, pero el otro día en el metro vi algo que me ha dado el último empujón: yo iba concentrada en mi novela de Muñoz Molina cuando de repente, a mi izquierda, vi un niño leyendo también, tan ensimismado en su libro como yo (y los dos íbamos de pie en un vagón bastante atiborrado). Ajeno a la incomodidad de la situación, totalmente sumergido en la lectura. Y el libro no era otro que Konrad, o el niño que salió de una lata de conservas. La misma edición de Alfaguara que leí yo hace tantos años.
Diría que de pequeña, no me fijaba tanto en los autores. Supongo que miraría el título del libro. Que haría falta un cierto hábito lector para empezar a recordar nombres y saber que el estilo de un determinado autor me gustaba. O tal vez no. Pero en todo caso, el enravesado nombre de Christine Nöstlinger me resultó familiar muy pronto. Desde mis primeras lecturas, supe que esa autora me gustaba. Porque todos sus libros desprendían una sabiduría, una visión del mundo de los adultos, un sentido del humor de una primera calidad absolutamente arrolladora. Y Konrad era probablemente el mejor o uno de sus mejores libros. Creo que es el libro que más me ha hecho reír en mi vida. Digo reír, reír a carcajadas. Y al mismo tiempo era un libro lleno de frases geniales, de ideas riquísimas, de enseñanzas imprescindibles. Es muy difícil encontrar libros infantiles que transmitan valores sin moralina barata, que empleen un humor inteligente y que no cometan el imperdonable error de tratar a sus lectores como si fueran idiotas (aquí no puedo evitar recordar cierto post de Maërandor).Me alegré de que ese niño leyera Konrad, me alegré de que lo leyera con ese ensimismamiento, esa dedicación absoluta, casi podría decirse esa devoción. Gracias a ese niño, mis ansias proselitistas están calmadas por un tiempo. Así que lo dejo por hoy, seguiré otro día.